Me enteré de su existencia este diciembre que aún transcurre como río por mis venas. La noticia no me fue revelada a través de ningún órgano con función de oráculo ni por mi vagina, que muchas veces tiene ansiedades de pitonisa, sobre todo cuando consume brebajes elaborados a base de cocentrados de clorofila. La noticia me llegó desde la periferia.
Alguien, voy a reservarme su identidad, no porque su identidad sea mía o quiera poseerla, sino porque no quiero compartir su nombre ni hacerlo público, me comentó en la víspera de nochebuena de una comunidad de hombres y mujeres, conocida por pocos, pero intuida por muchos, que se mezclaba entre nosotros, el resto.
A la comunidad, estos pocos la nombran la intersubjetiva. La intersubjetiva esta, obviamente, conformada por los intersubjetivos, seres humanos que comparten el sentido común, un tipo de saber precedente e indocumentado que no ha sido registrado ni en enciclopedias ni en diccionarios, no ha sido capitulado, ni editado, solo intersubjetivado por los intersubjetivos.
Pasé la nochebuena y la navidad pensando en estos señores. Mientras mis intestinos lloraban un clericó añejado en barricas de pino barato, mi cerebro reptaba por las geografías de los barrios conocidos censando a los seres con los que alguna vez yo estrechara manos, para catalogar a aquellos que posiblemente formaran parte de la intersubjetiva.
Diciembre se muere, el año agoniza.
Diciembre: fin. Diciembre: comienzo.
(Fragmento de la novela Alicia)
lunes, 26 de diciembre de 2011
sábado, 17 de diciembre de 2011
Viernes, el denominador
Cualquiera fueren los numeradores, los viernes que han transcurrido en mi balcón los denominaron. Fue hasta ayer, que fue su último día como denominador. Si se denominó hasta a sí mismo: hubo un viernes por viernes en mi balcón.
En un raconto del que puedo dar cuenta, pues fui partícipe circunstancial y no necesaria, lo que estimo que me acerca a una categoría de testigo, aunque no necesariamente, el viernes ha denominado, en principio, las veinticuatro horas del día. Así es que se pueden afirmar veinticuatro horas por viernes. De ahí en adelante la lista es interminable.
Sólo (que lleva tilde porque se puede reemplazar por solamente) en mi balcón hubo quinientos pájaros muertos por viernes, que es como decir cinco mil pájaros muertos cada diez viernes. También se han contado un dolor de cabeza matutino por viernes, ningún dolor de muelas y tres cuartos de dolor de ovario (esto siempre y cuando hubiera alguna persona en el balcón que pudiera padecerlos) Pero como las estadísticas son caprichosas o permiten que se juegue con ellas, debo confesar que estos últimos años, los viernes, he traído individuos a mi balcón para torturarlos con estos dolores. He llegado a comprobar, que aún trayendo hombres, estos pueden sufrir dolores de ovarios.
Los paraísos oníricos abundantes, paralelos y conectados tiran anclas a las seis de la tarde. He sido egoista, sólo yo los he vivido. Ocasionalmente le he permitido entrar a la bestia y a algún que otro amigo querido, pero no han sido estas el común de las veces. También he sido egoista con respecto a una silla fucsia de exterior (lógico, por ello está en el balcón), que a las tres de la tarde de cada viernes provee una repetición de orgasmos únicos.
Algo, debo confesar, trasciende estos viernes de tasas, proporciones y relaciones. Es obvia la respuesta: escapan las vacas, que nunca estuvieron ahí.
Siento nostalgia.
En un raconto del que puedo dar cuenta, pues fui partícipe circunstancial y no necesaria, lo que estimo que me acerca a una categoría de testigo, aunque no necesariamente, el viernes ha denominado, en principio, las veinticuatro horas del día. Así es que se pueden afirmar veinticuatro horas por viernes. De ahí en adelante la lista es interminable.
Sólo (que lleva tilde porque se puede reemplazar por solamente) en mi balcón hubo quinientos pájaros muertos por viernes, que es como decir cinco mil pájaros muertos cada diez viernes. También se han contado un dolor de cabeza matutino por viernes, ningún dolor de muelas y tres cuartos de dolor de ovario (esto siempre y cuando hubiera alguna persona en el balcón que pudiera padecerlos) Pero como las estadísticas son caprichosas o permiten que se juegue con ellas, debo confesar que estos últimos años, los viernes, he traído individuos a mi balcón para torturarlos con estos dolores. He llegado a comprobar, que aún trayendo hombres, estos pueden sufrir dolores de ovarios.
Los paraísos oníricos abundantes, paralelos y conectados tiran anclas a las seis de la tarde. He sido egoista, sólo yo los he vivido. Ocasionalmente le he permitido entrar a la bestia y a algún que otro amigo querido, pero no han sido estas el común de las veces. También he sido egoista con respecto a una silla fucsia de exterior (lógico, por ello está en el balcón), que a las tres de la tarde de cada viernes provee una repetición de orgasmos únicos.
Algo, debo confesar, trasciende estos viernes de tasas, proporciones y relaciones. Es obvia la respuesta: escapan las vacas, que nunca estuvieron ahí.
Siento nostalgia.
viernes, 16 de diciembre de 2011
Jueves, arremeten
Si ayer lo hubiera pensado absurdo hoy no me quedaría más que asumir su realidad. Aunque ni espacio para asunciones haya.
Sueño muerte.
Desperté y era jueves y conservaba cierta capacidad de pensar y de sentir y de razonar y no entiendo cómo es que me encontraba aún en dominio de esta potestad si el día se había presentado y lo había hecho arremetedor y arrementiendo y arremetido.
Pienso muerte.
Arremetido de mis pasados, pero no de mis pasados como una generalidad, venía con todos sus años y todos sus días y todas sus horas y sus momentos de alegría y de vergüenza y de tristeza y de pánico y de miserias y de desidia... la desidia. Y de indefinición y de angustia y de calma - la que fue aparente y la que fue cierta- y de ansiedades... las ansiedades. Y de precisiones y de indefiniciones y de las mañanas en las que me sentí caer y de las tardes en las que me pude levantar y de risas y de gestos adustos y de miradas asesinas y de dolores de páncreas y de meninges inflamadas y de ciclos menstruales y otras espasticidades. Y de momentos gimnásticos y de elongación y de ríos estancos y de mares revueltos y de soles y de sombras y de cielos cayéndose y de arenas mojadas y de sábanas tendidas sobra la cama y de manteles tendidos sobre el pasto y de cementerios...los cementerios. Y cuando desperté ahí estaba el jueves: arremetedor, arremetiendo...arremetido.
Pido muerte.
Sueño muerte.
Desperté y era jueves y conservaba cierta capacidad de pensar y de sentir y de razonar y no entiendo cómo es que me encontraba aún en dominio de esta potestad si el día se había presentado y lo había hecho arremetedor y arrementiendo y arremetido.
Pienso muerte.
Arremetido de mis pasados, pero no de mis pasados como una generalidad, venía con todos sus años y todos sus días y todas sus horas y sus momentos de alegría y de vergüenza y de tristeza y de pánico y de miserias y de desidia... la desidia. Y de indefinición y de angustia y de calma - la que fue aparente y la que fue cierta- y de ansiedades... las ansiedades. Y de precisiones y de indefiniciones y de las mañanas en las que me sentí caer y de las tardes en las que me pude levantar y de risas y de gestos adustos y de miradas asesinas y de dolores de páncreas y de meninges inflamadas y de ciclos menstruales y otras espasticidades. Y de momentos gimnásticos y de elongación y de ríos estancos y de mares revueltos y de soles y de sombras y de cielos cayéndose y de arenas mojadas y de sábanas tendidas sobra la cama y de manteles tendidos sobre el pasto y de cementerios...los cementerios. Y cuando desperté ahí estaba el jueves: arremetedor, arremetiendo...arremetido.
Pido muerte.
martes, 13 de diciembre de 2011
Miércoles, el presagio
Los futuros están por llegar: golpean la puerta, ahora. Pero estuvieron toda la noche armando fiesta en la terraza. Tocaron tambores, redoblantes y panderetas. No tenían cuerdas, no tenían vientos, sólo percusión. Antes habían encendido fuegos artificiales, cerca, a un par de cuadras. Los escuché, me hicieron despertar, justo cuando estaba soñando con departamentos de tres ambientes construidos sobre baobabs y sequoias.
Este miércoles que no es, porque en realidad es martes, los presagia. Este miércoles los vaticina, los predice, los anticipa.
Ahora están afuera esperando entrar, los futuros, pero no quiero verles las caras: no quiero ver mis dolores, mis lágrimas, mis caídas, el catálogo completo de mis culpas, mis enfermedades y padeceres; mi muerte.
Este miércoles que no es, porque en realidad es martes, los presagia. Este miércoles los vaticina, los predice, los anticipa.
Ahora están afuera esperando entrar, los futuros, pero no quiero verles las caras: no quiero ver mis dolores, mis lágrimas, mis caídas, el catálogo completo de mis culpas, mis enfermedades y padeceres; mi muerte.
martes, 29 de noviembre de 2011
Martes, el diluvio y los pájaros
Días esperando el diluvio, días esperando que tímida o prepotentemente el agua se abriera paso en el cielo, arremetiera vehemente hacia nosotros y nos desdibujara el rostro, lavara nuestras expresiones y las huellas del asfalto, borrara nuestro sexo o anidara en él, fuera bebida por las alcantarillas o se empantanara en las bocacalles, nos desarmara de pies y manos, nos desarmara de brazos y piernas, nos evacuara el alma, inundara los cementerios y segundos después se regocijara por ser navegada por los ataúdes, no hace mucho tubérculos, ahora barcos.
El diluvio acontece. Los pájaros, nada ajenos, sienten ansias del ocaso que presagian, vuelan, ennegrecen el cielo, pero por poco tiempo. Ellos lo saben: pronto caerán muertos.
Martes. Llueve: infatigablemente.
lunes, 21 de noviembre de 2011
Lunes apocalíptico
Se ampollan los pisos, las veredas, las calles y las avenidas de tanto transitar las suelas de un millar de zapatos.
A las seis de la tarde, luego de un día agitado en la ciudad, las ampollas se revientan y cada baldoza, cordón de vereda, el empedrado y también el asfalto llueven.
La lluvia lo innunda todo, botamangas, tobillos, piernas y rodillas. Moja pantalones y hasta alguna falda larga, incluso los vestidos.
Desde sus entrañas la tierra escupe. El cielo observa, luego vomita.
Entre fluidos biliares y de otro tipo quedamos atrapados. Esta vez no habrá balsa ni arca de Noé que nos salve.
Apocalipsis de lunes caluroso, de horma inadecuada.
****
[Versión remixada de "los zapatos me aprietan y las medias me dan calor]
A las seis de la tarde, luego de un día agitado en la ciudad, las ampollas se revientan y cada baldoza, cordón de vereda, el empedrado y también el asfalto llueven.
La lluvia lo innunda todo, botamangas, tobillos, piernas y rodillas. Moja pantalones y hasta alguna falda larga, incluso los vestidos.
Desde sus entrañas la tierra escupe. El cielo observa, luego vomita.
Entre fluidos biliares y de otro tipo quedamos atrapados. Esta vez no habrá balsa ni arca de Noé que nos salve.
Apocalipsis de lunes caluroso, de horma inadecuada.
****
[Versión remixada de "los zapatos me aprietan y las medias me dan calor]
miércoles, 9 de noviembre de 2011
Geografía
Se estampa en la geografía de mi cuerpo el mapa completo de arcanos menores y mayores, de dioses y de otros seres que encontraron la puerta por la que migrar dimensiones. Parpadeo y como si un proyector pasara diapositivas contra la noche azul veo, punteada, la figura de Orión, aún con arco y flecha, aún con su actitud guerrera, pero sabiendo que no escapará jamás de la persecución del escorpión, que no contento con haberlo matado en la tierra, perpetra su hostigamiento en la bóveda celeste.
Al lado mío yace la bestia. Su lengua me envuelve, su saliva me abraza. Ni cielo, ni mito ni héroes se reflejan en sus pupilas como sí lo hacen en las mías. Solo yo soy su geografía.
Los cuervos nos miran, de a cientos, esparcidos por campos, árboles y alambrados. Quisieran picotear mi piel y mis vísceras y también la piel y las vísceras de la bestia. Sonrío. Pienso, dibujo y fuerzo una constelación para nosotros en el cielo.
Al lado mío yace la bestia. Su lengua me envuelve, su saliva me abraza. Ni cielo, ni mito ni héroes se reflejan en sus pupilas como sí lo hacen en las mías. Solo yo soy su geografía.
Los cuervos nos miran, de a cientos, esparcidos por campos, árboles y alambrados. Quisieran picotear mi piel y mis vísceras y también la piel y las vísceras de la bestia. Sonrío. Pienso, dibujo y fuerzo una constelación para nosotros en el cielo.
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