Parió cuatro vacas y un ternero degollado que le quedaron unidos al cuerpo por el cordón umbilical. Entonces la parieron a ella, a ella y a sus vástagos recién nacidos. Y ella también quedó atada a su progenitora por el cordón umbilical. Y su progenitora también fue parida, momentos después, producto de la unión de una mujer con su sobrino, hijo de su hermana, muerta hacia poco más de tres años por un envenamiento auto inducido.
Y ese fue el último de los partos, simultáneos y masivos que ocurrieron ese día y que le ocurrieron a ella, desgraciada entre las mortales, porque había quedado, en un mismo alumbramiento, sellada a su descendencia, sellada a su ascendencia.
lunes, 12 de septiembre de 2011
jueves, 8 de septiembre de 2011
El parto (Serigrafía malograda 6/9)
Inviable. El feto estaba empiojado.
[Las liendres que le habían poblado la vagina aguardaron a ser dadas a luz, y cuando estuvieron convertidas en millares de vástagos inmundos se chuparon el líquido anmiótico una vez que alcanzaron al útero y henchidos como tumores ardientes, como si fueran soles, resquebrajaron la bolsa y atacaron a la niña]
Inviable. Porque primero había sido inviable en su mente y en su alma.
[Los piojos le laceraron la piel. Llena de escaras, la niña, que aún no había visto luz ni conocido mundo, ni conocería, estaba ardida por el dolor y las infecciones que comenzaban a propagarse en su cuerpo]
Inviable. Porque su amor era inviable, porque ella no tenía espacio para un alumbrado y mucho menos si este era hembra.
[Una septicemia le provocó un paro a la niña, fue dentro del útero roto y fermentado. Putrefacta, sin ojos, sin lengua y sin sesos fue expulsada por las contracciones involuntarias de la madre]
¡Qué me maten! ¡Qué me muera! Y que sea rápido. Antes de que mis ojos puedan contemplar a la inviable - sentenció la paridora
[Las liendres que le habían poblado la vagina aguardaron a ser dadas a luz, y cuando estuvieron convertidas en millares de vástagos inmundos se chuparon el líquido anmiótico una vez que alcanzaron al útero y henchidos como tumores ardientes, como si fueran soles, resquebrajaron la bolsa y atacaron a la niña]
Inviable. Porque primero había sido inviable en su mente y en su alma.
[Los piojos le laceraron la piel. Llena de escaras, la niña, que aún no había visto luz ni conocido mundo, ni conocería, estaba ardida por el dolor y las infecciones que comenzaban a propagarse en su cuerpo]
Inviable. Porque su amor era inviable, porque ella no tenía espacio para un alumbrado y mucho menos si este era hembra.
[Una septicemia le provocó un paro a la niña, fue dentro del útero roto y fermentado. Putrefacta, sin ojos, sin lengua y sin sesos fue expulsada por las contracciones involuntarias de la madre]
¡Qué me maten! ¡Qué me muera! Y que sea rápido. Antes de que mis ojos puedan contemplar a la inviable - sentenció la paridora
lunes, 5 de septiembre de 2011
El parto (Serigrafía malograda 5/9)
No me es dado recordar acerca de cuántas salvaciones estamos hablando. Fue un alumbramiento por cada salvación. Ella había hallado el cómo. Supo estirpar mis tumores metastásicos, el crecimiento oncológicamente expansivo de mi tristeza, la multiplicación de células decadentes y promiscuas que chupan luz y devastan sonrisas. Digo devastan sonrisas, porque el otro día, mientras iba en el subte, desde Scalabrini Ortiz hasta Catedral, observé las comisuras de la boca de las mujeres de más de treinta, sus labios se acomodaban naturalmente en un arco, gesto reflejo de la amargura. No viene sin embargo al caso hacer una epidemiología del abatimiento, sino quizá dejar sentado que, de manera innumerable, luego de cada muerte mía, ella me había parido (alumbrado).
Una inyección terminó hace unos días con su vida. Lo supe después. No estuve ahí para despedirme. Y tampoco poseo la capacidad de parir (no pude salvarla). Esto lo sé, porque de la misma manera que he abandonado a los pájaros moribundos de mis sueños, la abandoné a ella.
El amor, que ha sido fundado en mi por el abandono, ha hecho del abandono su único vector y por lo tanto un parto siempre inconcluso.
Una inyección terminó hace unos días con su vida. Lo supe después. No estuve ahí para despedirme. Y tampoco poseo la capacidad de parir (no pude salvarla). Esto lo sé, porque de la misma manera que he abandonado a los pájaros moribundos de mis sueños, la abandoné a ella.
El amor, que ha sido fundado en mi por el abandono, ha hecho del abandono su único vector y por lo tanto un parto siempre inconcluso.
lunes, 8 de agosto de 2011
lunes, 25 de julio de 2011
El parto (Serigrafía malograda 4/9)
Los diez sefirot colgaban del árbol como frutos jugosos. Olían a higo, sabían a damasco, chorreaban mieles, pero en realidad eran úteros.
Los contemplé de noche, esa noche fría, los contemplé mientras jugaba con algunas de mis vísceras que andaban a cielo abierto, regocijándose con el aire gélido del otoño, ensayando coreografías y cantos paganos de una época en la que no habían sido concebidas, pero que encontraba registro en las almas errantes de los que nos antecedieron.
A los úteros con gusto a damasco y olor a higo les chorreaba miel y a mi me recubría una savia amarga que me había alcanzado y que provenía de un bosque que alguna vez habité.
Miré los diez úteros que colgaban del árbol de la vida y me pregunté si su interior estaría tan deseoso, como mis vísceras, de andar a cielo abierto.
Bajé un útero del árbol, me permití arrancarlo, curiosidad tal vez. Lo mordí, pero estaba seco, como un tasajo. Hice lo propio con el resto y todos estaban pasados. Su olor era ficiticio, no sabían a damasco, ni chorreaban mieles, solo atesoraban como producto unas semillas secas, vencidas.
Concluí que de ellos nunca vería elemento capaz de ensayar danzas y cantos paganos a cielo abierto, esos de los que se tenía registro en los ojos velados de los muertos.
Lloré.
Los contemplé de noche, esa noche fría, los contemplé mientras jugaba con algunas de mis vísceras que andaban a cielo abierto, regocijándose con el aire gélido del otoño, ensayando coreografías y cantos paganos de una época en la que no habían sido concebidas, pero que encontraba registro en las almas errantes de los que nos antecedieron.
A los úteros con gusto a damasco y olor a higo les chorreaba miel y a mi me recubría una savia amarga que me había alcanzado y que provenía de un bosque que alguna vez habité.
Miré los diez úteros que colgaban del árbol de la vida y me pregunté si su interior estaría tan deseoso, como mis vísceras, de andar a cielo abierto.
Bajé un útero del árbol, me permití arrancarlo, curiosidad tal vez. Lo mordí, pero estaba seco, como un tasajo. Hice lo propio con el resto y todos estaban pasados. Su olor era ficiticio, no sabían a damasco, ni chorreaban mieles, solo atesoraban como producto unas semillas secas, vencidas.
Concluí que de ellos nunca vería elemento capaz de ensayar danzas y cantos paganos a cielo abierto, esos de los que se tenía registro en los ojos velados de los muertos.
Lloré.
viernes, 15 de julio de 2011
El parto (Serigrafía malograda 3/9)
Pensó en géneros diversos y comenzó por evaluar las sedas, pero eran demasiado brillosas, suaves y permeables, había de un montón de colores y con muchos motivos: flores, pequeñas, grandes; rombos, arabescos y una escena de la primavera china del mil ciento cinco. Nada la convencíó. Vio unas gabardinas fuertes, pero eran demasiado simples y hasta quizá algo incómodas para el propósito que tenía en mente, los colores tampoco ayudaban, deslucidos y pálidos, grises y marrones, no le sentaban a su idea.
Entendió entonces (aunque quizá pasó más por un deseo que por un entendimiento) que la recreación del útero en el que había elegido ahogarse dentro de algunos días tenía que ser lo más real posible. En ese momento una exitación feroz se apoderó de su corazón y le sacó el aire, no sólo sabía con qué debía fabricarlo, sino que también comprendió qué materiales debía utilizar para autoadministrarse una muerte feliz.
Preparó el comedor de su casa, corrió los sillones, la lámpara de pie que siempre estorbaba, la mesa ratona y los pufs roñosos, llenos de pelos del gato persa que ayer le regalara a Josefa, la vecina.
Bajó las persianas. Veló la luz.
Luego dispuso una camilla, algunas mesas de trabajo y una máquina de coser, todo contra una pared que habia dejado despejada, asegurándose que el centro del ambiente quedara libre, pues allí pondría un tanque australiano que, recubierto internamente con el material elegido, contendría el líquido amniótico. Inmersa en él, embrionada, gestada, parida, la muerte le chuparía la carne y escupiría sus huesos.
Cortó aproximadamente unos doscientos úteros de vaca, quizá fueran demasiados, no lo sabía, pero tenía que asegurarse de que pudieran recubrir el interior del tanque. Los cosió con cuidado y selló los orificios para que el líquido que lo llenase no se filtrara. Día y noche trabajó doblada sobre la máquina de coser hasta que pudo terminar la tarea. Cuando concluyó, miró hacia la camilla, acostada en ella, dormida, sedada, aguardaba su madre, esperando la disección, esperando aportar con su útero, aunque unos pocos retazos, el material perfecto, insustituible, al proyecto de su segundo alumbramiento.
Entendió entonces (aunque quizá pasó más por un deseo que por un entendimiento) que la recreación del útero en el que había elegido ahogarse dentro de algunos días tenía que ser lo más real posible. En ese momento una exitación feroz se apoderó de su corazón y le sacó el aire, no sólo sabía con qué debía fabricarlo, sino que también comprendió qué materiales debía utilizar para autoadministrarse una muerte feliz.
Preparó el comedor de su casa, corrió los sillones, la lámpara de pie que siempre estorbaba, la mesa ratona y los pufs roñosos, llenos de pelos del gato persa que ayer le regalara a Josefa, la vecina.
Bajó las persianas. Veló la luz.
Luego dispuso una camilla, algunas mesas de trabajo y una máquina de coser, todo contra una pared que habia dejado despejada, asegurándose que el centro del ambiente quedara libre, pues allí pondría un tanque australiano que, recubierto internamente con el material elegido, contendría el líquido amniótico. Inmersa en él, embrionada, gestada, parida, la muerte le chuparía la carne y escupiría sus huesos.
Cortó aproximadamente unos doscientos úteros de vaca, quizá fueran demasiados, no lo sabía, pero tenía que asegurarse de que pudieran recubrir el interior del tanque. Los cosió con cuidado y selló los orificios para que el líquido que lo llenase no se filtrara. Día y noche trabajó doblada sobre la máquina de coser hasta que pudo terminar la tarea. Cuando concluyó, miró hacia la camilla, acostada en ella, dormida, sedada, aguardaba su madre, esperando la disección, esperando aportar con su útero, aunque unos pocos retazos, el material perfecto, insustituible, al proyecto de su segundo alumbramiento.
martes, 5 de julio de 2011
El parto (Serigrafía malograda 2/9)
Pujaba y pujaba y nada, estaba vacía, en nueve meses solo había gestado aire. Era desesperante, no podía entender qué era lo que había sucedido. Si ella misma había visto su producto en las ecografías, se movía, se chupaba el dedo, si hasta había podido identificar cierta expresión familiar en la mirada del niño. Hubiera jurado que tenía los ojos del tío Pedro y las manos de la abuela Serafina, pero nada, solo aire despedía con cada pujada.
Con esfuerzo se incorporó un poco y entre la transpiración y los dolores del parto que le arrancaban lágrimas y le enturbiaban la visión pudo ver, aunque difusamente, a la partera; tenía sus manos en posición esperando a la criatura gestada y cara de desconcierto entendiendo que en esa sala, en esa hora crítica, sólo la nada sería alumbrada. Entonces escuchó la voz de un médico viejo, un obstetra, de esos que todo lo han visto. Había llegado de emergencia al lugar. Entendiendo la gravedad del caso le pidió calma y le aseguró que iba a tener un bebé, aunque tuvieran que insertárselo.
Le explicó que no era sano parir aire y, con cierta docencia, elaboró sobre las complicaciones que eso acarrea. Entonces le comentó sobre un trabajo de inducción previo que era necesario realizar, con minucia y con arte, para manejar la situación. Ella vio la sonrisa amplia del médico antes de que la ocultara detrás del barbijo, y también vio la barbie hawaiana que sacó de su maletín negro y que inmediatamente después le insertó con calma y delicadeza, pero sobre todo con pericia, en la vagina, mientras le decía, siga mis indicaciones atentamente, deje de pujar por unos instantes. ¡Perfecto! Ahora succione. Succione. Succione. Una vez más, ya casi, ya casi. ¡Listo! Descanse. En unas horas nada más le practicaremos la cesárea.
Va a ver, tendrá una hermosa niña con rasgos de muñeca, le dijo con voz de de pandereta, triángulo y toc toc, le acarició la cabeza y abandonó la sala*
* Basada en una historia real
Con esfuerzo se incorporó un poco y entre la transpiración y los dolores del parto que le arrancaban lágrimas y le enturbiaban la visión pudo ver, aunque difusamente, a la partera; tenía sus manos en posición esperando a la criatura gestada y cara de desconcierto entendiendo que en esa sala, en esa hora crítica, sólo la nada sería alumbrada. Entonces escuchó la voz de un médico viejo, un obstetra, de esos que todo lo han visto. Había llegado de emergencia al lugar. Entendiendo la gravedad del caso le pidió calma y le aseguró que iba a tener un bebé, aunque tuvieran que insertárselo.
Le explicó que no era sano parir aire y, con cierta docencia, elaboró sobre las complicaciones que eso acarrea. Entonces le comentó sobre un trabajo de inducción previo que era necesario realizar, con minucia y con arte, para manejar la situación. Ella vio la sonrisa amplia del médico antes de que la ocultara detrás del barbijo, y también vio la barbie hawaiana que sacó de su maletín negro y que inmediatamente después le insertó con calma y delicadeza, pero sobre todo con pericia, en la vagina, mientras le decía, siga mis indicaciones atentamente, deje de pujar por unos instantes. ¡Perfecto! Ahora succione. Succione. Succione. Una vez más, ya casi, ya casi. ¡Listo! Descanse. En unas horas nada más le practicaremos la cesárea.
Va a ver, tendrá una hermosa niña con rasgos de muñeca, le dijo con voz de de pandereta, triángulo y toc toc, le acarició la cabeza y abandonó la sala*
* Basada en una historia real
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