miércoles, 9 de marzo de 2011

Tóxica

Como un gas tóxico desembarcó en la madrugada. No la ví, no la escuché. En el momento no la sentí. Recién fui conciente de que había llegado hace unos minutos atrás, cuando ya había pasado casi un día, cuando mis ojos no contenían las lágrimas.

La bestia me ha encontrado una vez más, certera me abraza, me abrasa. Y mientras me quema me resguarda de la hostilidad de la periferia. Hay cierta comodidad en el dolor que ella me asegura.

Me susurra, mientras con pericia ordeña mi corazón -porque la bestia se nutre con su leche rancia, amarga y pegajosa- que no crea; me sugiere, con voz de niña, que no me olvide; me recuerda que mi única realidad es ella, que ella es pasado y presente. Mi único pasado y presente.

El resto es espejimo, el resto no existe.

domingo, 6 de marzo de 2011

Llovizna

El campo fue sembrado con vacas, muertas algunas, moribundas las otras, escucho su respiración fatigada, agonizante. Los bosques se esconden detrás, se refugian en nidos de pájaros y túneles, aquellos que alguna vez habitara la bestia.

La bestia: la busco, me esquiva.

No es tierra lo que me mancha los pies, la que yace debajo de los cadáveres de vaca, es grafito molido: lo descubro y me desespero, hundo mis rodillas en él, me embarro las manos, los dedos, escribo sobre las superficies que se dejan: el cuero de las vacas, mis piernas, mis brazos, mi cara.

Febrero se fue estéril, pero marzo llovizna, tímidamente. 

domingo, 30 de enero de 2011

Drenaje

Ayer volvió a ocurrir la reversión. Aunque esta vez fue parcial. Mi cuerpo solo dejó salir mi corazón y una bolsa de nylon arrugada. Dentro iban los gases de mi mente y el vapor de mi alma. El corazón quedó expuesto, chorreando sangre espesa y oscura y un poco de la savia de los árboles del bosque.
Entiendo cierta inteligencia biológica en el cuerpo al contener alma y mente en una bolsa, impidiendo que se diseminen por el ambiente y se vuelvan irrecuperables. Sin embargo, la acción trasciende lógicas deductivas y obedece a principios de inmunización mecánicos, donde corazón debe ser aislado de un alma y una mente que arremeten y devastan.
El corazón chorrea y escupe sangre espesa, corrijo, producto de los golpes. No hay noticias aún de otros órganos afectados por la toxicidad de las entidades aisladas.
(Escribo y se me va el aire, siento que me desmayo)

viernes, 28 de enero de 2011

Sueña

La vaca sueña muertes, sé que lo hace. Nunca la vi, está claro, pero sé de sus noches y la oscuridad de los abismos por los que deambula. Rumia los sonidos, los demonios ajenos, los de mujeres que ya perecieron y también los míos, que estoy viva. Come mi alma y luego la regurgita para volverla a masticar con sus molares, envolverla con su lengua, con su saliva, caliente, pegajosa, la vaca.

Su cuero se lacera cuando siente el placer que acaricia las pieles de sus hermanas, humanas, reales, cercanas. Las envidia.

Algunas tardes llegan a mi los ecos de sus pasos. Nunca la he visto.

Pienso que sufre. Sé que llora. Quisiera consumirse en fuegos, pero aún no ha sido dispuesta su hoguera. Solo le es dado ahogarse en su ansiedad de muerte.

jueves, 27 de enero de 2011

Clandestinidad

(La vi partir ayer, no fue por el espejo que se alejó, se perdió por una rejilla del baño, su hogar) 

La neurastenia había convertido mi cuerpo en andrajos, un par de tiras viejas sin compostura posible. Entendí (después de ver que la bestia se fuera) que solo iba a lograr la calma si lo enchufaba a un toma corriente u al artefacto correcto. Tuve la certeza, sí, que solo una descarga eléctrica, allí donde se dirimen mis pulsiones, contendría los ataques espásticos de mi alma y mi mente un miércoles por la noche.

(Y ella que se perdía en la oscuridad; y yo que lloraba dolores; y ella que reptaba cañerías hediondas por las heces de la vecindad; y yo que me anudaba en ardores; y ella que desde su clandestinidad me gritaba que volvería, que no me abandonaba, que nunca lo haría, porque así son los demonios, que fiel, como nadie, me acompañaría hasta el último de mis segundos; y yo que desgarraba mi aliento, por no poder desmembrarme y ver ahogados mis gritos... y ella, que desde la oscuridad y en un susurro me dejaba oír sus deseos, "nos vemos en Buenos Aires, me dijo, te espero en el baño de tu nueva casa, te veré desde otros espejos, me ovillaré en otras miserias")

El ibuprofeno ayudó a calmar algún dolor superficial, pero mi cuerpo continúa hoy poseído por su ausencia.