miércoles, 29 de diciembre de 2010

Diciembre

Se parten mis vidas, se fragmentan. Las ampollas me pueblan los dedos, los de las manos y los de los pies. Las uñas no crecen (no se los permito) y yo me muero. Me muero hoy.

La periferia me agobia, avanza, me quiere traspasar, meterse por mis poros, intenta que forme parte de ella. Quiero resistirme, pero si por lo menos hubiera anotado la ubicación de la cárcel, para volver a ella. Si por lo menos el bosque me digiriera.

Camino otra vez, otro rumbo, sin bosques y sin cárceles, creo, aparece delante mio. No cargo mochilas. Mentira, si cargo una, porque la bestia viene conmigo.

Diciembre se va fértil, como febrero se fue estéril.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Si se calman

Si se nos calman los úteros nos reencontraremos. Es una epifanía en la víspera de navidad, o varias.

Úteros convulsionados, agitados, en retirada y en avance, en plena contracción o en diáfana expansión. Al borde de la rotura los úteros nos han separado por unas horas, unos días o semanas. Tal vez.

Cuando se sincronice nuevamente nuestro fluido, nuestra tela y sus costras, será.

martes, 14 de diciembre de 2010

Piano secuencia [sin el piano]

Una tarde cualquiera, una esquina de Nueva York.
La vaca, tampoco estuvo ahí.
Sus ausencias, se suceden.









lunes, 13 de diciembre de 2010

Conjugados

Me baño, pero no puedo sacarme de encima el maldito olor a pájaro muerto que entra por las rejillas de esta casa. Ya no sé con que refregar mi piel, el olor llega y se me pega, el agua que cae caliente, hirviendo sobre mi cuerpo no lo derrite, no lo quema, no le hace mella, ni siquiera lo limpia.

La bestia me mira por el espejo, no está en la habitación, ni en el baño, pero sí está en el espejo. Hoy lo habita. Me mira, decía, y se sonríe, sabe que mis intentos son vanos. ¿Piensa que yo no puedo contra los pájaros?

El bosque crece, se agiganta y me encierra, de repente no son árboles ni hojas, solo cuervos, algunos negros y otros azules los que lo conforman.

Las vacas se fueron, la buscaron a ella, me consta, pero inútil era su búsqueda, ella nunca estuvo ahí.

Un colibrí chupa mis intestinos y el esqueleto de un gorrión anida en mi útero, yo sé que hubiera querido mi hígado, pero no encontró el camino, como las vacas, que nunca llegaron a Santiago de Compostela.

En el pasillo hay olor ajo. Me río. La bestia se da vuelta en el espejo con la intensión de dormir y yo me siento en la bañera a esperar que el hedor a pájaro se conjugue con el del ajo y juntos se me unten en la piel. Pienso, si por lo menos oliera a vaca.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Estigma

Es estigma en mis sueños. Allí se hace marca. Lo vi aparecer vivo, agonizante, con la mirada vacía y muerto. Lo he visto, casi siempre, del otro lado de la ventana, multiplicarse detrás de ella. Ha sido gorrión, paloma, cuervo, mi tortura, mis imposibilidades, cierta insensibilidad y también mi indiferencia, ha sido todos ellos, el pájaro de mis sueños.

Hoy no eligió la noche ni mi dormir, hoy se hizo estigma en el vidrio mismo. Lo vi esta mañana, me quedé parada frente a su marca, sonreí con el alma dolorida. Había trascendido los sueños, zombi, transitaba mi dimensión consciente.

No sé si murió por el impacto. No sé si simplemente vino a redimirse, a redimirme o a aterrorizarme, mostrándome que conoce el camino, que para él no hay fronteras que separen el sueño de la vigilia.

Hay otro asunto en esto, una coincidencia, fortuita (?),que me deja intranquila; al igual que en mis sueños, de la marca que ha dejado en mi ventana elijo perderme en lo que es o fue su mirada.

Marca delineada en el vidrio

Marca en el vidrio sin delinear

viernes, 10 de diciembre de 2010

Periferia

Esta madrugada la periferia se manifestó. Entendí que existo allí también y no solo en mis vísceras, mi piel, el vómito y la bestia, el bosque y las cárceles.

Pienso, en la somnolencia de la hora, que creo que eliminaré mi ser de la periferia. No me entusiasma su existencia allí, no sé si quiera explorarla, no sé si quiera conocerme en ella. Me apuñala los ojos el saberla. Me acribilla el paladar el olerla. Se incendian mis órganos ante la posibilidad de ser tocados por sus venenos y sus gases, por sus novedades.

Si la periferia no se derrumba me suprimo de ella.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Nómades

La bestia y yo somos nómades. Siempre hemos estado de un lado para el otro, construyendo desapegos, perpetrando búsquedas perfectas que nunca encuentran nada, hemos dominado ese arte, a fuerza de maña diría yo; estamos seguras de nuestras búsquedas inconclusas, truncas, truncas como el árbol debajo del que estamos echadas.

Hoy seguimos en el bosque, ella duerme aún, yo no he podido pegar un ojo, después de que me hablara esta mañana, quizá ayer por la noche, quién sabe cuando fue en realidad, a quién le importa, el tiempo no es un problema para la bestia y para mi. Nuestros relojes se detuvieron hace algunas décadas, los que llevábamos en la mano izquierda, porque ahora usamos otros en la derecha, pero esos no nos importan, porque son funcionales y solo nos dicen la hora.

La odio, a la bestia, odio su belleza cercana, odio su ternura y la dulzura de su mirada, extraviada y llorosa, odio su voz fría que corta mi corazón con cada palabra, que hace orificios en mi cuerpo, por donde entra el espanto que me derrota.

Quisiera matarla, pero si la mato a ella me muero yo.