lunes, 13 de diciembre de 2010

Conjugados

Me baño, pero no puedo sacarme de encima el maldito olor a pájaro muerto que entra por las rejillas de esta casa. Ya no sé con que refregar mi piel, el olor llega y se me pega, el agua que cae caliente, hirviendo sobre mi cuerpo no lo derrite, no lo quema, no le hace mella, ni siquiera lo limpia.

La bestia me mira por el espejo, no está en la habitación, ni en el baño, pero sí está en el espejo. Hoy lo habita. Me mira, decía, y se sonríe, sabe que mis intentos son vanos. ¿Piensa que yo no puedo contra los pájaros?

El bosque crece, se agiganta y me encierra, de repente no son árboles ni hojas, solo cuervos, algunos negros y otros azules los que lo conforman.

Las vacas se fueron, la buscaron a ella, me consta, pero inútil era su búsqueda, ella nunca estuvo ahí.

Un colibrí chupa mis intestinos y el esqueleto de un gorrión anida en mi útero, yo sé que hubiera querido mi hígado, pero no encontró el camino, como las vacas, que nunca llegaron a Santiago de Compostela.

En el pasillo hay olor ajo. Me río. La bestia se da vuelta en el espejo con la intensión de dormir y yo me siento en la bañera a esperar que el hedor a pájaro se conjugue con el del ajo y juntos se me unten en la piel. Pienso, si por lo menos oliera a vaca.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Estigma

Es estigma en mis sueños. Allí se hace marca. Lo vi aparecer vivo, agonizante, con la mirada vacía y muerto. Lo he visto, casi siempre, del otro lado de la ventana, multiplicarse detrás de ella. Ha sido gorrión, paloma, cuervo, mi tortura, mis imposibilidades, cierta insensibilidad y también mi indiferencia, ha sido todos ellos, el pájaro de mis sueños.

Hoy no eligió la noche ni mi dormir, hoy se hizo estigma en el vidrio mismo. Lo vi esta mañana, me quedé parada frente a su marca, sonreí con el alma dolorida. Había trascendido los sueños, zombi, transitaba mi dimensión consciente.

No sé si murió por el impacto. No sé si simplemente vino a redimirse, a redimirme o a aterrorizarme, mostrándome que conoce el camino, que para él no hay fronteras que separen el sueño de la vigilia.

Hay otro asunto en esto, una coincidencia, fortuita (?),que me deja intranquila; al igual que en mis sueños, de la marca que ha dejado en mi ventana elijo perderme en lo que es o fue su mirada.

Marca delineada en el vidrio

Marca en el vidrio sin delinear

viernes, 10 de diciembre de 2010

Periferia

Esta madrugada la periferia se manifestó. Entendí que existo allí también y no solo en mis vísceras, mi piel, el vómito y la bestia, el bosque y las cárceles.

Pienso, en la somnolencia de la hora, que creo que eliminaré mi ser de la periferia. No me entusiasma su existencia allí, no sé si quiera explorarla, no sé si quiera conocerme en ella. Me apuñala los ojos el saberla. Me acribilla el paladar el olerla. Se incendian mis órganos ante la posibilidad de ser tocados por sus venenos y sus gases, por sus novedades.

Si la periferia no se derrumba me suprimo de ella.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Nómades

La bestia y yo somos nómades. Siempre hemos estado de un lado para el otro, construyendo desapegos, perpetrando búsquedas perfectas que nunca encuentran nada, hemos dominado ese arte, a fuerza de maña diría yo; estamos seguras de nuestras búsquedas inconclusas, truncas, truncas como el árbol debajo del que estamos echadas.

Hoy seguimos en el bosque, ella duerme aún, yo no he podido pegar un ojo, después de que me hablara esta mañana, quizá ayer por la noche, quién sabe cuando fue en realidad, a quién le importa, el tiempo no es un problema para la bestia y para mi. Nuestros relojes se detuvieron hace algunas décadas, los que llevábamos en la mano izquierda, porque ahora usamos otros en la derecha, pero esos no nos importan, porque son funcionales y solo nos dicen la hora.

La odio, a la bestia, odio su belleza cercana, odio su ternura y la dulzura de su mirada, extraviada y llorosa, odio su voz fría que corta mi corazón con cada palabra, que hace orificios en mi cuerpo, por donde entra el espanto que me derrota.

Quisiera matarla, pero si la mato a ella me muero yo.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Esta vez, otra vez

La bestia le susurró al oído.

No la escuchó llegar, tampoco supo que habían vuelto al bosque, pero lo entendió inmediatamente, cuando sintió su aliento, que allí estaban ambas.

El aliento de la bestia no era fétido ni hermoso, no era claro ni oscuro, ni cálido o frío. El aliento de la bestia estaba cifrado y ella lo había dilucidado un par de años atrás. Sintió su aliento. Tuvo miedo.

Había dormido, pero había perdido la noción de cuándo el sueño la había devorado, a ella, que siempre se había vanagloriado de controlarlo.

Estaba despierta ahora, desnuda sobre las hojas, le dolía la garganta, tenía anginas; la bestia estaba tendida a su lado, eran como dos perros mojados...la bestia tenía los ojos inyectados, no por la furia, sino por el llanto. Sus ojos siempre lloraban, ella lo sabía, desde la primera vez que la había visto, no hacía más de dos años, cuando había bajado a buscarla.

Se miraron, la bestia habló, le dijo lo obvio, suavemente, lo que se cifra en los ciclos y el miedo fue puñal que le abrió el corazón. Ella no podía responderle por las anginas. Lloró, ahora la que lloraba era ella, por la impotencia de no poder articular palabra, por la frustración de no ser capaz de escupirle las anginas ensangrentadas en los ojos. Por no poder decirle: esta vez no.

La bestia suspiró, se sonrió, entendiendo quizá lo que ella no había podido manifestar y con condescendencia le aclaró: 'esta vez' significa que hubo otras veces antes, 'esta vez' es otra vez repetida, repetida, repetida.

La bestia se durmió, con paz en el rostro, pero ella no pudo por miedo a la locura. Tembló, prefería cárceles y anestesia (otra vez, otra vez, otra vez).