Esta lluvia viene a madurarnos. La escucho caer desde la ventana de mi habitación, al principio en un estado de somnolencia, pero ahora despierta y sé, creo saber qué es lo que intenta.
Constante, sin detener el ritmo, moja mi cuadra, las palmeras, los autos, los containers de basura, las lagartijas, el semáforo de la esquina, su rojo, su amarillo y su verde, las veredas y las casas, las ventanas y los techos, los pasos que transitaron esta calle hoy y quizá los que lo hicieron la semana pasada, moja las veredas y los cordones (los vírgenes y los que fueron pintados de amarillo ¿o es al revés?) moja los colores, los olores y las visiones de presente y de futuro.
Moja mi cuadra y toda la manzana y la manzana de al lado y también el mar y entonces pienso que es una lluvia arrogante, venir a mojar el mar, si nació mojado, pero entonces recuerdo sus intenciones. Quiere envejecernos. Simultáneamente a todos, a todo.
Después de su laborioso quehacer nocturno, de su intervención, tengo la certeza de que todo amanecerá arrugado. Las casas, los techos, las ventanas, los semáforos, sus rojos, amarillos y verdes, los pasos, las lagartijas, el mar, los autos, los cordones y las señales de tránsito. Mi cuadra y la de al lado. Arrugado.
