sábado, 2 de mayo de 2009

Ayer II

Ayer bajé al infierno nuevamente. Ayer pude ver a la bestia. Ella me conmovió. Era hermosa, estaba despeinada, algo sucia, se ve que había estado jugando en el patio de su caverna, hasta seguro se habría caído, porque tenía las rodillas manchadas y raspadas.

Tenía ojos grandes, verdes, grises, azules ¿quién sabe? Los que la vieron antes que yo tampoco se ponen de acuerdo en el color. Sean del color que fueran, sus ojos eran tristes.

No había odio en ella, solo un miedo intenso. Ella estaba hecha de miedo. Sus huesos eran miedo, miedo era su sonrisa, miedo era su piel, miedo era esa mirada presente, pero siempre perdida, que en un punto me hizo acordar tanto a la mía.

Me senté frente a ella, quise tocarla, pero no se dejó. Y yo, por dentro, si ella hubiera sabido, que me moría de ganas de abrazarla.

La bestia era igual a mí cuando yo tenía nueve años.

Hoy sigo acá. Estamos sentadas frente a frente. Creo que entendió que no me voy a ir hasta que me deje acariciarla.

jueves, 30 de abril de 2009

Ayer

Ayer los teléfonos no sonaron en habitaciones vacías.

Ayer lloré como hacía mucho tiempo no pasaba, había visto lo que tan celosamente escondo desde hace 24 años, algo que me escondo, incluso, a mi misma. Ya había intentado, en otra oportunidad, abrir esa caja de pandora. Sin embargo, el contenido, más que aterrarme, me causó ese dolor insoportable con el que vivo hace años. No se trata de un dolor constante, tiene la periodicidad que acompaña a las cosas no resueltas. Carga esa latencia que desespera las almas e inquieta las mentes.

Ayer le vi la cara y lloré con sinceridad, un llanto reparador.

Ayer escribí esa carta hace 24 años pospuesta (?), quizá sean menos los años, no podría ponerme de acuerdo conmigo acerca de la cantidad.

Ayer vi las cosas más claramente, a pesar de tener los ojos empañados con el llanto.

Hoy son casi las cuatro de la madrugada y, mientras el sueño me esquiva, pienso en cuentos de Edgar Allan Poe. Pienso en su dolor y en su escritura impecable con la que buscó liberar su espíritu, como cuando escribió ese cuento que titula con mi nombre: Eleonora.

Pienso en la redención que al final del día todos buscamos. Y me pregunto ¿será que mi redención se da, tímida, pero no completamente, como un orgasmo inconcluso, cuando escribo? O ¿será que cuando escribo grito, como en realidad me gustaría hacer a veces, para desahogarme un poco?

miércoles, 29 de abril de 2009

A la deriva

Vivir a la deriva, pareciera ser éste el motivo intrínseco de mi existencia, pareciera ser ésta la verdad enquistada en mi alma... Y, cuando por fin parece que voy a echar las anclas, algo adentro mío se las ingenia para que esto no suceda. O la vida, que al final se muestra condescendiente conmigo, levanta mis velas y revoluciona los vientos. Sé que si decidiera ser honesta y enfrentar esta realidad debería cambiar mi trabajo por alguno más fiel a mi naturaleza.

He elaborado, luego de hacer una cuidadosa evaluación de las opciones, en una noche lluviosa, dominada una vez más por el insomnio y la introspección, la siguiente lista de trabajos que debería perseguir:

  1. Pirata (no voy a ocultar mi pasión por las películas de Errol Flynn)
  2. Mosquetero
  3. Trapecista en un circo ruso
  4. Robin Hood
  5. Viajero errante
  6. Tom Sawyer (marcó mi infancia, tampoco lo puedo evitar)
  7. Mercader
  8. Inspector Poirot
  9. Piloto de DHL

Et tout le reste est littérature, et colère.

martes, 28 de abril de 2009

El último bastión

Acorralada, a punto de plantar bandera, al borde de la capitulación -suspiro, continúo- retrotraída al último rincón de mi trinchera, me sumí en horas de sueño y porciones de torta de canela (aún cuando odio la canela y su olor), buscando una señal.

Podría haber hundido mi cabeza en el inodoro, agregándole shampoo al agua para que cuando tirara la cadena la tortura se intensificase por la picazón en los ojos (el shampoo todavía me hace arder los ojos, como cuando tenía 4 años y odiaba que me lavaran la cabeza) Podría haberme sumergido en un río de vino tinto o flotado en un universo sonoro, pero no.

Pensé, en cambio, en el delirio de los mundos que crea mi mente (algunos los escribo, otros los habito) y me di cuenta de que ya no había escapatoria (ni en inodoros, ni en ríos de vino, ni en universos sonoros, ni en el insomnio de la mente).

Estaba sitiada. Y, aún cuando me encontraba en esas horas de la noche en las que la capacidad de pensar se vuelve un elemento de tortura y conciliar el sueño se sabe será una empresa napoleónica, caí dormida.

Y en el sueño ¿lúcido? me di cuenta, que aunque ya me encontraba en el último bastión, todavía había, todavía hay, espacio para la resistencia.